Ella -tan extrovertida como siempre-, comenzó por darme cuenta de su existencia, me platicó que toda su infancia y parte de su adolescencia había residido en un pueblo cercano a San Andrés Villadeluna y Galeana, que provenía de una clase media baja, que su padre era el todologo del pueblo, es decir, se dedicaba a todo y por ello a nada, que su madre era la partera de aquélla comunidad y tenía fama de haber contribuido a que más de 154 mujeres dieran a luz, que previo a ella sus padres fallaron dos ocasiones en intentar ser padres... Con posterioridad, me habló de su llegada a la ciudad, comentó lo dificil que resulta para alguien de pueblo abandonar sus raíces, no por la melancolía, sino virtud a estar casada con ciertas costumbres; luego, conversamos de sus metas personales, me dijo que siempre había soñado con ser una excelente psiquiatra, que tenía la ambición de contribuir a que su pueblo tuviera un buen hospital y no el dispensario al que acudían todos sus habitantes, de una escuela que permitiera que los niños tuvieran una buena formación académica y, de la imperiosa necesidad de regresar algún día a revivir sus ya casí extintas costumbres. Me contó que dentro de esos trazos, el primero ya estaba seudo cumplido, ya que se encontraba cursando el último semestre de medicina y enseguida estudiaría la especialidad en psiquiatría.
Después de tres cafés de ella y uno mío, nos dímos cuenta que había oscurecido; entonces, el mesero, con toda la mala educación habida, nos llevó la cuenta, la cual, comparada con el hecho de platicar con Esperanza y contemplar sus ojos, me pareció insignificante. Después, le solicité me concediera acompañarle a su casa, a lo que ella accedió, sin embargo, era tarde y los autobuses ya no circulaban, por tanto, elegímos ir caminando. El trayecto a su casa, fue tan placentero para mi, como la alegría de contar con un día más de vida.
Con lo anterior comenzó la era de adicción a la cafeína en mi vida; me era tan preciso acostumbrar mi estómago al café, para tener el pretexto de poder ver a Esperanza tan seguido como ella lo aceptara. cuando nos veíamos era el hombre más gustoso en esta vida, pero al llegar a mi casa mis parpados eran cual cortina abierta en una residencia abandonada, -nadie los cerraba-. Así, nos estuvímos conociendo por el tiempo de tres semanas, en específico los días martes y sábados que era cuando ella tenía oportunidad.
El último de esos sábados, fue el primero de Diciembre. Acompañado del frío propio de ese mes, vino la distancia de Esperanza, quien por situaciones más que lamentables -su madre enfermó de un tumor maligno en su vientre-; tuvo que trasladarse por un par de semanas a Santa Gabriela de los Jiménez, para estar al pendiente de su progenitora, quien era invadida en su mayoría por un cáncer que ya había hecho metástasis; con tal suceso, los días de mi vida, quedaron escasos de cualquier emoción bondadosa, todo era tristeza, frustación... Era como si de pronto, la vida me hubiera regalado la oportunidad de ser feliz, pero con fecha de caducidad, arrebatándome esos ojos que enredan mi alma; pues precisaba de Esperanza en el tiempo impreciso.